Se prohíbe la reproducción total o parcial

EN ESTA ÉPOCA, EN QUE GRANDES PORCIONES DE LA MEMORIA HUMANA SE ENCUENTRAN ARCHIVADAS EN DISPOSITIVOS ARTIFICIALES, MUCHAS MÁS QUE AQUELLAS ARCHIVADAS EN NUESTRA MENTE, EL CONTROL ABSOLUTO DE ESTOS DISPOSITIVOS, A TRAVÉS DEL DERECHO DE AUTOR TAL COMO ESTÁ CONCEBIDO EN ESTOS DÍAS, ES UN SUICIDIO COLECTIVO Y UNA CONDENA A NUESTROS HIJOS, QUE SE VERÁN OBLIGADOS A PAGAR ETERNAMENTE.

“No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446”, reza la leyenda (modificada ante los sucesivos avances de las distintas formas de difundir lo que el mercado no difunde) referida a los derechos en las primeras páginas de los libros, bajo los datos del mismo.
Nótese en estos pocos renglones el poder que se le confiere al editor. A lo cual uno podría preguntarse: los derechos de autor, son en realidad de él? ¿En qué momento  se transformaron en derechos del editor? ¿Cuáles tendrían que ser los límites en los derechos del editor? Preguntas de un debate que nunca se hará mientras las editoriales importantes sigan siendo solamente cajas de dinero, cuya política es manejada más por tesoreros y contadores que por editores.
Otro dato para tener  en cuenta: la sistematización de la persecución de las diferentes formas en que la cultura intenta abrirse paso a algo que cada vez le es más inaccesible: la compra de un libro. Lo cual habla de una política, aquí, en este país donde el progresismo se cansa de repetir que “no hay política cultural”. Sí la hay, y es monopólica, o se encuentra concentrada en pocas manos. Es represiva, ya que no le importan los valores altos de los libros ( los responsables de las grandes librerías, en reuniones con los responsables de las grandes editoriales, le exigen la suba de precios porque no pueden solventar los costos de mantenerse en lugares de primera categoría, como shoppings o grandes centros comerciales, petición a los que estos últimos acceden gustosos); que esos valores altos acoten el número de posibles lectores al grupo de el  que lo pueda pagar, y que cada vez se hagan más libros para la exigencia de ese grupo y su educación (repite, repite, que algo quedará) y se marginen distintas expresiones culturales porque no tienen salida rápida.
No importa que no haya ediciones desde hace varios años de esos libros, no importa que los dueños de los derechos no tengan interés en reeditarlo, lo que importa es el control, el poder. Sólo puede existir si se me antoja, y al precio y forma que se me antoja. Y no hay piedad. No importa que sea una página WEB construida por un profesor para que la gente se acerque a la filosofía, no importa que sean docentes que hicieron fotocopiar la parte de un libro que es imposible conseguir y que, si se tiene la suerte de que haya una reedición, sea a un precio astronómico para el bolsillo de un estudiante. (Para más información de estos casos, http://www.ultimorecurso.org.ar/drupi/node/869)
Lo que importa es que, para su forma bolsillesca de entender la vida, éstos cometieron un DELITO. Y DEBEN PAGAR.
Y ahora se concreta en forma de caza de brujas, con la Cámara Argentina del Libro (o Controladores de la Autorización del Libro, daría hoy lo mismo) como punta de lanza de esta nueva inquisición.
Esto me hace acordar a Roque Dalton, en una especie de juego del espejo, recordando a su maishtro Bertolt Brecht decir: ¿Qué es el asalto a un banco comparado con la fundación de un banco?
Lo cual nos lleva a concluir que no es casualidad que no se reediten ciertos libros. Y a repetir QUE SÍ HAY  UNA POLÍTICA CULTURAL, Y ES PARA UNOS POCOS.
Y aún falta lo más importante: este control de los lugares desde dónde nos reconocemos o nos rechazamos actúa como cuello de botella sobre lo que llega o no al lector. Una especie de 1984, con un gran hermano nacido en un lugar distinto al que se esperaba.
Entendemos que el libro, en un estado capitalista, es una mercancía, pero no podemos permitir que sea sólo eso. Y que sean solamente los que esgrimen los derechos comerciales quienes decidan su futuro. La necesidad del lector también cuenta. El mercado entiende claramente que el que compra el libro compra más que un montón de papeles escritos encuadernados. Hay una magia que se enciende cuando las palabras empiezan a ser leídas, que quedan guardadas en los arcones de la memoria y cimientan la ética de un pueblo, la construcción de sus diversos valores. Y saben, también, que esta diversidad apunta directamente contra los intereses de control que ejercen los que se dicen propietarios de esta “mercancía”, esa diversidad busca abrirse paso más allá de los límites que intentan instalar en los márgenes de un libro impreso.
Y en este intento de concentrar todo el poder, no dudaron ni dudarán en defenestrar todo aquello que no es de su interés, o lo que es más preciso, que no está bajo su interés. Estos fariseos del libro se han cansado de decretar la muerte de distintos géneros, acusando que no se venden, que es para grupos selectos o minoritarios. Y sin embargo, en los márgenes de este mercado, estos géneros siguen suscitando el interés de la gente y, en el caso más específico del libro, editándose, reeditándose y comprándose en cantidades auspiciosas. ¿Acaso hay gente que le gusta tirar la plata, jugar al mecenas, ir contra la corriente por placer? No. Lo que sucede es que hay más cosas que las que el mercado decide se pueden decir. Y sobre todo, hay más cosas que entender. Eso tiene de terrible estos libros: uno empieza a ver lo que no se dice en lo que se dice. ES UN ARMA. UNA QUE EN LAS MANOS DEL PUEBLO SE VUELVE PELIGROSA.