A propósito de adoquines decimónicos y cuerpos ofrecidos
Para decirlo de la manera más clara y abierta posible, y tomando el caso del 20 de diciembre, afirmo que en ese acontecimiento los que tiraron piedras y pusieron sus cuerpos y sus muertos no pusieron la política. La política la pusieron los de arriba, los que arreglaron la transición que garantizaría que la salida de la crisis económica capitalista se hiciera de la manera en que siempre se resolvieron las crisis económicas capitalistas: bajando los salarios, precarizando más las condiciones laborales, imponiendo más a fondo los derechos del capital sobre el trabajo, polarizando aún más la distribución del ingreso.
Más en concreto, la idea de que el enfrentamiento en la Plaza de Mayo el 20 de diciembre fue “la parte subterránea de la política” me parece falsa si no se aclara que fue la parte subterránea de la política burguesa, ésa que se arregló, fría y cínicamente, en los sosegados despachos del poder mientras a la gente la mataban en las calles. La negociación en las alturas tuvo como sustento los muertos en las calles. Por supuesto, una vez arregladas las cosas en las alturas, una vez que la sangre había corrido, vinieron los homenajes para el “valiente pueblo que salió a la calle y se rebeló”. Siempre hay un espacio para el reconocimiento, en tanto los únicos lugares que ocupen los que luchan sean las calles y las barricadas, no el de la política. A igual que sucedía con los adoquines del siglo diecinueve, los adoquines del siglo veintiuno servirán siempre como cartas de negociación hasta que no se empiece a poner el acento en que la clave de la cuestión para “los de abajo” no está en poner muertos, sino en poner programas, políticas y estrategias.
Por lo dicho tampoco estoy de acuerdo en que el debate sobre tácticas y estrategias se plantee en términos de poner el cuerpo (revolucionarios) o no ponerlo (enemigos, contrarrevolucionarios, etcétera). La idea de que los problemas que afectan a los trabajadores se resuelven “poniendo el cuerpo” remite a la idea cristiana del mártir, del que muestra el camino con su sacrificio personal. Es la tesis de que hay que luchar “en lugar de los que están pasivos”. Que hay que pelear sustituyendo a aquellos que miran desde la vereda, porque en la medida en que la vanguardia consiga victorias, abrirá el camino de la salvación para todos.
Detrás de lo que estoy criticando está la idea de que el mismo conflicto, la lucha en sí misma, genera conciencia porque es acción ejemplar. Pero la experiencia demuestra que esto no funciona así. Una vanguardia puede luchar, pero millones pueden seguir en la más absoluta pasividad. Las consignas y los objetivos serán nobles y justos, pero por alguna razón muchas veces la gente común no está dispuesta a seguir a la vanguardia. Y entonces esa vanguardia se queda en el aire, sin apoyos y sin posibilidad de hacer política; y eso es funcional para que la política la pongan “los otros”.
Considerando la cuestión en una perspectiva más de largo plazo, afirmo que si las fuerzas de izquierda han sido derrotadas, si no han sido capaces de responder a la larga ofensiva del capital de los últimos 25 o 30 años, no se debe a que no se haya “puesto el cuerpo”. Hubo mucho sacrificio, hubo mucha lucha de la vanguardia. Lo que faltó fue análisis, teoría, estrategia. En todo esto, por supuesto, no me pongo por fuera del asunto. Fui parte de todo esto y quisiera que la gente joven no cometa los errores.
En base a lo anterior pienso también que es hora de hacer balances en otros términos que los propuestos en los escritos referidos. En mi opinión, el balance debe ser político. Si peleamos por algo, además de los logros objetivos –por ejemplo, en la pelea salarial, en la lucha por libertades democráticas- hay que preguntarse hasta qué punto se avanzó en organización, en conciencia y participación de los “que están mirando”. Y si en una lucha que supuestamente es avalada por la mayoría de los 300.000 estudiantes de la UBA, sólo participa el dos por ciento, hay que cuestionarse qué está sucediendo con el estudiante común. Hay que preguntarse qué política tenemos a partir de ese hecho objetivo. Lo mismo con respecto a los 24.000 docentes que forman la planta docente. El balance no puede limitarse a contar los compañeros presos o la cantidad de represores que puso en acción el Estado. Menos todavía se debería confundir el balance con la denuncia, porque se necesitan tácticas y estrategias. Qué se denuncia y cómo es parte de la discusión sobre táctica; que a su vez debe estar ligada al análisis y el balance.
No es mi objetivo con estas notas convencer de algo a Horacio González o a Pablo Rieznik; ni a sus seguidores. No coincidimos ideológica ni políticamente. Las distancias son demasiado grandes, y no hay posibilidad, por ahora, de acercar posiciones. Simplemente quiero llamar la atención de aquellos y aquellas compañeras que no están convencidas por los argumentos de HG o PR sobre la posibilidad de una vía alternativa de hacer política. Tal vez sería fructífero que entre quienes pensamos que “el arma de la crítica debe preceder a la crítica de las armas” (y con más razón entonces, a la crítica de los adoquines y de los cuerpos), empecemos a intercambiar ideas sobre estos temas y sobre cómo salir de la encerrona en que se nos quiere meter.
Planteo esto porque ya estoy oyendo los argumentos de siempre: “son los teóricos”, “los que no quieren poner el cuerpo”, “los que miran la lucha de clases en pantuflas”. O sea, el que no está de acuerdo con el enfrentamiento cualquiera sea la correlación de fuerzas, ni con el ideal del mártir, “está con el enemigo”. Es la tesis de que sólo hay dos posiciones, porque todo se formula de manera que no pueda haber una tercera alternativa. Es el enfoque que jamás podría comprender por qué Marx desaconsejó iniciar el levantamiento de París que llevaría a la Comuna. Que tampoco podría comprender por qué Lenin se opuso a participar en la manifestación convocada por el famoso cura que llevaría a la revolución de 1905. Y que tampoco podría comprender por qué Rosa Luxemburgo estaba en contra de apresurar la insurrección en la Alemania de fines de 1918 y principios de 1919. En esa visión maniquea, Marx y Rosa Luxemburgo habrían elegido el bando de la burguesía, que no quería que hubiera una Comuna, o una Alemania socialista. Y Lenin el bando del zarismo, que no quería que hubiera una revolución democrática.
Lo que escribo apunta también a combatir una idea desgraciada, que ha recibido respaldo de algunos intelectuales que se reivindican marxistas, y Holloway ha expresado en una fórmula magnífica, a saber, que el marxismo es “grito de lucha y de rebelión”. Pero si el marxismo fuera esto, ¿para qué el marxismo? ¿Para qué la teoría del valor y de la plusvalía, para qué las discusiones sobre el materialismo histórico, para qué perder el tiempo en analizar intrincados problemas como fuerzas productivas, relaciones de producción, teoría del Estado o la cuestión de las ideologías? ¿Para qué estudiar la historia de las luchas de clases? ¿Para qué? Bastaría con lo que alguna vez dijo Bernstein, que “el movimiento es todo”. “Hay que ser prácticos, basta de teorías abstractas”, le decía Bernstein a Rosa Luxemburgo. ¿Cuántas veces la gente “práctica” nos ha hecho este cargo a los marxistas?
La idea de que los análisis y la teoría son secundarias porque el movimiento por sí misma genera los programas y estrategias que permiten superar la actual situación, en esencia es la misma idea que induce a pensar que tirar piedras y poner los cuerpos es “hacer política” –subterránea o abierta es una cuestión de matices dentro de una misma línea de pensamiento. Sólo que esta última es incluso una idea caricaturesca en relación a la vieja postura de Bernstein, porque éste al menos tenía como punto de referencia un movimiento obrero y de masas –el partido Socialdemócrata alemán- y no una escuálida vanguardia, cada vez más aislada.
Para resumir mi postura, termino volviendo al balance del 2001. Sostengo que en aquella coyuntura los que pusieron los muertos no hicieron política. La política la pusieron “los otros”, muchos de los cuales hoy están en el poder y desde allí lanzan lisonjas a los que con su sacrificio crearon las condiciones para que llegaran al lugar en donde están. Por eso mismo también me parece una grave equivocación seguir planteando la política en términos de “poner el cuerpo”. Pienso que necesitamos otra perspectiva.


Todo bien, Astarita, pero la historia la hacen los sujetos en interacción y para que eso pase hay que salir a la calle y poner el cuerpo. No solo como forma de lucha, sino en cualquier circunstancia social.
La política de puertas adentro es una. Pero ¿que es eso de separar lo que pasa en las calles de lo político?. La política se hace en la calle y también poniendo el cuerpo, y todas las desiciones que toma el sujeto son políticas. Marx támbien dijo que los intelectuales deben comprender que la realidad pero para modificarla. Y ¿cómo se modifica?¿haciendo teoría marxista?.. tal vez. Pero para no morir en una biblioteca hay que llevarla a la práctica, y ¿que otra cosa que el propio cuerpo se juega en la práctica?. Hasta hacer teoría pone en juego el cuerpo. No escribe el espíritu santo, sino mi propia mano. Pero a veces la realidad implica un mayor compromiso de mi cuerpo; poner en juego más que mi mano sosteniendo una pluma...
Saludos.